BlackJack!

En el interior del estridente tugurio de la calle 13, el temible Don Canelas, pide la siguiente ronda para calificar visualmente las habilidades artísticas de la fogosa Ivy ... aquella que  baila al compás de “la ciudad de la furia”, en el tubo metálico del antro  clandestino frente al mar de Cortés. (versión acústica de Gustavo Cerati y Andrea Echeverri).


Entre gritos desaforados, el constante lanzamiento de dólares y billetes verdes incita a la embrujada y cautivadora rusa entrar en acción; simultáneamente, los trasnochados caballeros experimentan la primera pauta: prohibido tocar, ante la imagen terrenal de la bailarina exótica; fulminantes y rojizas son las luces que traspasan sus deseos y ansiedad.

Con elegancia y arrogancia, se ve a lo lejos el pausado y magnético andar de Inna, el travesti de categoría; afeminado y delicado para poner en duda su verdadera identidad;  cruzando con fuerza y osadía los límites de la seducción, gira discretamente y acomoda con cuidado, el diminuto pene que lo delataría ante la necedad del rival.

Penetrando la escena, apoyadas con extensiones y pelucas coloridas; los personajes del teibol dans (table dance), conspiran encadenados para descubrir los ángulos inéditos del exclusivo y  burbujeante espacio; extravagancias, represiones, perversiones  y los divergentes mundos del ser.

Husmeando en la trastienda, la Pepita, improvisa los entremeses para dar confort a los clientes de la sección v.i.p., cuidando con detalle, el uso de formas y colores en la presentación, para  persuadir los sentidos y comprender la sexualidad y su razón de estar.

Ubicadas las lobillas nocturnas y jotitas (travesti de calle) de satisfacción peculiar; los intrépidos jinetes deciden derrochar y escalar a los excesos; sin importar el tiempo ni la cantidad, el aroma de aquel lugar materializa la decisión de regular su calidad de machos alfa.

Molesta y con desafío, Doña Dona, exige control de sanidad y protección para su equipo de entretenimiento ante la policía local; “la cuota mínima deberá pagarla”!, exigió el oficial del cabello engominado, tosco y basto ante la larga fila de trabajadores de la oscuridad.

Cerrada la noche espectacular del ser y estar; el alcohol y las líneas mágicas de la cocaína se desvanecen con el amanecer, perdiendo la memoria y pasando automáticamente las escenas de la excitante guarida al archivo muerto.

Don Canelas, en medio de la calle sin rumbo fijo; con los restos de la resaca, grita desde lejos con voz ronca y arrastrada:  eres tú? cuánto por un privado? hey tú! lesbiana de closet!;  con esa mirada turbia y confundida buscaba con precisión focalizar la imagen; y ella con  risa irónica le contestó!:

¡Imbécil soy tu hermana, hijo de puerca!


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